Niños yunteros de Canarias

A través de uno de los poemas más célebres del alicantino Miguel Hernández, recogemos la voz de los niños yunteros de Canarias.


1.- Introducción.

 

En una reciente caminata por las calles de Ingenio (bendita prescripción médica, no sólo por sus constatados beneficios físicos, sino también por los hermosos encuentros que se suelen producir cuando salgo a caminar), tropecé con varios vecinos del pueblo, ya entraditos en años, que se ensalzaban en una nostálgica conversación a la sombra de los recios muros de la iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria. Miro mi reloj, y, tras comprobar que llevaba una hora dándole a las piernas, me siento a practicar otro ejercicio, si cabe todavía más valioso que el anterior: el de la sana conversación.

 

Contaban los venerables ancianos, con ese brillo característico en las miradas, sus correrías de mozos, sus furtivas historias de amor, sus amanecidas de ron y de taifas… Al margen de la simpatía de sus dicciones y de sus giros estilísticos (que bien podrían merecer varios artículos de este Tetrálogo), me llamó poderosamente la atención que todas las acciones de sus existencias se encuadraban en los férreos márgenes del diario quehacer del campo. Abundaban en sus historias enunciados como “dejé a la jembra en el baile polque me acoldé de que tenía los alimales esperesíos”, “con aquellos cuerpos jarrengaos de tol ron que los bebimos, fimos sin dormí a trabajá a los semilleros”, “en la úrtima descamisá me di de cuenta que la tenía arrebatá”…

 

Sin poder evitarlo, el recuerdo del poeta Miguel Hernández, y más concretamente el de su poema “El niño yuntero”, invadió todos los conductos de mi mente. Como por arte de magia, empezaron a desaparecer las arrugas de aquellos rostros ajados, sus voces se tornaron infantiles y la visión comenzó a adquirir tonalidades en blanco y negro. Y con eco profundo, una voz que resonaba en mi interior me preguntaba: ¿Cuántos quejidos de niño yuntero han escuchado estas isleñas tierras de sequedad y lava?


2.- ¿Quién fue Miguel Hernández?

 

Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela, provincia de Alicante, el 30 de octubre de 1910. Su padre se llamaba Miguel Hernández Sánchez, y se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. Su madre, Concepción Gilabert Giner, se ocupaba de la casa. El matrimonio tuvo, en total, siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente, Elvira, Miguel y Encarnación.

 

A pesar de sus humildes orígenes, pudo realizar estudios primarios en el Centro de Enseñanza Nuestra Señora de Monserrat, en la Escuela del Ave María y en el Colegio de Santo Domingo de Orihuela (en donde cursa el bachillerato). En 1925 tiene que abandonar sus estudios por orden de su padre para dedicarse al pastoreo. Aún así, Miguel tiene tiempo para leer con avidez y escribir sus primeros poemas.

 

Su amistad con el canónigo Luis Almarcha y sus asiduas visitas a la Biblioteca Pública le permiten acercarse a una importante bibliografía en la que destacan los clásicos, aunque también lee a algún autor contemporáneo. En ese entonces también forma parte de un improvisado grupo literario en el que participaban los hermanos Carlos y Efrén Fenoll, Manuel Molina y José Marín Gutiérrez, futuro abogado y ensayista que posteriormente adoptaría el pseudónimo de Ramón Sijé, y que fue gran amigo de Miguel Hernández.

 

En 1931 realiza su primer viaje a Madrid y, al no encontrar el apoyo que esperaba, regresa a Orihuela. Participa en Orihuela en un homenaje a Gabriel Miró. En 1933 se edita su primer libro, Perito en lunas. En 1934 realiza su segundo viaje a Madrid. Este viaje supone un cierto triunfo para él. Se publica en la revista Cruz y Raya su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. Comienza a relacionarse con grandes poetas como Alberti, Rosales, Aleixandre y Neruda. Regresa a Orihuela en verano. En septiembre formaliza su noviazgo con Josefina Manresa.

 

En noviembre de 1934, después de comenzar el drama titulado El torero más valiente, vuelve a Madrid. En esta ocasión conocerá mejor el ambiente literario.

 

En 1935 colabora en las "Misiones Pedagógicas". Comienza su trabajo en la enciclopedia Los Toros, con José María de Cossío. Miguel participa, en Cartagena, en un acto-homenaje a Lope de Vega. Escribe el drama Los hijos de la piedra. Su amigo Ramón Sijé fallece en diciembre de 1935.

 

En 1936 publica su "Elegía" dedicada a Ramón Sijé. Se edita su libro de poemas El rayo que no cesa. Termina su obra teatral El labrador de más aire. Se incorpora al Ejército Popular de la República. Es nombrado Comisario de Cultura.

 

En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al "Altavoz del Frente". En marzo se casa con Josefina Manresa. Participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético. Se publican Viento del Pueblo, Teatro en la guerra y El labrador de más aire. En diciembre nace su primer hijo, Manuel Ramón.

 

En otoño de 1938 muere su hijo y ello provoca una serie de poemas que anuncia en su libro Cancionero y romancero de ausencias. Escribe el drama Pastor de la muerte. Actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes.

 

En 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel. En abril el general Franco declara concluida la guerra. Miguel intenta escaparse a Portugal, pero se lo impide la policía portuguesa y es entregado a la Guardia Civil fronteriza. Tras su paso por Huelva y Sevilla, en la prisión de Torrijos en Madrid, donde compone las famosas "Nanas de la cebolla". Puesto, inesperadamente, en libertad, es detenido de nuevo en Orihuela. En 1940 se le traslada a la prisión de la plaza de Conde de Toreno en Madrid. Es condenado a la pena de muerte.

 

Más tarde la condena es conmutada por la de 30 años de prisión. En septiembre, es trasladado a la prisión de Palencia y en noviembre, al penal de Ocaña.

 

En 1941 es trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante. Se manifiesta una grave afección pulmonar que se complica con tuberculosis.

 

El 28 de marzo de1942, a las 5:30 horas de la mañana, muere Miguel Hernández en la enfermería de la prisión alicantina y es enterrado el 30 de marzo a las 10 de la mañana en el nicho número 1009 del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. Contaba, a su muerte, con 31 años de edad.


3.- El poema “El niño yuntero”.

 

Esta composición se encuadra en el libro “Viento del pueblo”, tal vez la obra más conocida del escritor alicantino. “Viento del pueblo” fue publicado por Socorro Rojo Internacional en Valencia (donde se encontraba el gobierno de la República) en Litografía Durá, en septiembre de 1937. En esta obra podemos apreciar con claridad cómo Miguel Hernández abandona los ecos culteranos de sus inicios para introducirse en una vertiente claramente social y reivindicativa.

 

“Viento del pueblo” es un libro que duele por el dramatismo de sus imágenes, por el metálico sabor a fusil y a trinchera que rezuman sus versos, por el hedor de un yugo que asfixia a los desfavorecidos, por el alboroto contenido de la sangre arrinconada en un triste destino. Pero también es un libro que alivia por la música sublime de su sencillez, entonada por un intérprete contradictorio y complejo; por la firme mandíbula del pueblo llano, escondida en los recovecos de la palabra; por el viento sereno de la esperanza, omnipresente en esta atmósfera agreste de versos; por el timbre sonoro de la recriminación, en todo momento ensalzado.

 

“El niño yuntero” es el cuarto de los poemas y dice así:


EL NIÑO YUNTERO 


Carne de yugo, ha nacido

más humillado que bello,

con el cuello perseguido

por el yugo para el cuello.

 

Nace, como la herramienta,

a los golpes destinado,

de una tierra descontenta

y un insatisfecho arado.

 

Entre estiércol puro y vivo

de vacas, trae a la vida

un alma color de olivo

vieja ya y encallecida.

 

Empieza a vivir, y empieza

a morir de punta a punta

levantando la corteza

de su madre con la yunta.

 

Empieza a sentir, y siente

la vida como una guerra,

y a dar fatigosamente

en los huesos de la tierra.

 

Contar sus años no sabe,

y ya sabe que el sudor

es una corona grave

de sal para el labrador.

 

Trabaja, y mientras trabaja

masculinamente serio,

se unge de lluvia y se alhaja

de carne de cementerio.

 

A fuerza de golpes, fuerte,

y a fuerza de sol, bruñido,

con una ambición de muerte

despedaza un pan reñido.

 

Cada nuevo día es

más raíz, menos criatura,

que escucha bajo sus pies

la voz de la sepultura.

 

Y como raíz se hunde

en la tierra lentamente

para que la tierra inunde

de paz y panes su frente.

 

Me duele este niño hambriento

como una grandiosa espina,

y su vivir ceniciento

revuelve mi alma de encina.

 

Lo veo arar los rastrojos,

y devorar un mendrugo,

y declarar con los ojos

que por qué es carne de yugo.

 

Me da su arado en el pecho,

y su vida en la garganta,

y sufro viendo el barbecho

tan grande bajo su planta.

 

¿Quién salvará este chiquillo

menor que un grano de avena?

¿De dónde saldrá el martillo

verdugo de esta cadena?

 

Que salga del corazón

de los hombres jornaleros,

que antes de ser hombres son

y han sido niños yunteros.


Desde el punto de vista formal, el uso del verso octosílabo confiere a la composición un sabor popular y tradicional. No olvidemos que este verso de ocho sílabas es el predilecto de la poesía popular española, presente en otras composiciones como el romance o la copla. Esto también se puede decir del tipo de estrofa escogida, ya que la cuarteta es otra de las fórmulas favoritas del pueblo para reflejar su sentir. En definitiva, recursos formales muy a juego con la temática tratada en el poema.

 

En el plano del contenido, “El niño yuntero” es una clara denuncia a la sobreexplotación de los niños del campo. Es además un retrato descarnado de unos niños que trabajan como hombres, que sufren unas inhumanas condiciones laborales, y encima no reciben ningún tipo de remuneración salarial, y en bastantes casos, ni afectiva.

 

El poema habla de niños pequeños (“menor que un grano de avena”) que desde que nacen ya les ponen al cuello el yugo de su destino, el yugo que les persigue. Les humillan y si desobedecen, reciben golpes (“a los golpes destinado”).

 

La alusión al martillo (“¿De dónde saldrá el martillo / verdugo de esta cadena?”) tiene relación directa con la doctrina comunista, como respuesta a la opresión impuesta por la miseria y por el fascismo.

 

El poema apareció publicado por primera vez en Ayuda, Semanario de la Solidaridad, número 44, Madrid, 27 de febrero de 1937. Después en Nueva Cultura, número 1, Valencia. Año III, marzo de 1937, donde lo leyó Manuel Altolaguirre, junto a “Recoged esta voz”, “Llamo a la juventud” y “El incendio”.


4.- Reflexiones personales.

 

En una sociedad eminentemente rural como la española de la primera mitad del siglo XX, no es de extrañar que casi todos los niños de esa época hayan sido yunteros. Canarias no iba a ser menos. Aunque también por nuestras particulares condiciones geográficas, también podríamos añadir un capítulo dedicado a los niños barqueros.

 

La introducción de los cultivos de plátano y de tomate también trajo consigo un sinfín de historias de explotación laboral infantil. Y es que cuando hablamos con cualquier persona mayor de sesenta años, nos llama poderosamente la atención la edad en la que se incorporaron al mundo del trabajo. Unas edades a todas luces inverosímiles para la ejecución de labores de responsabilidad, puesto que un ser humano con seis, siete u ocho años está más predispuesto para la actividad lúdica. Pero era lo normal en una sociedad atrasada, estructurada en familias numerosísimas, cuyo destino estaba en manos de una oligarquía burguesa, con ramales en las ciudades capitalinas, en la península o en el Reino Unido.

 

Cuando leo el poema de Miguel Hernández, me viene obligatoriamente a la mente el testimonio de mis padres, de mis abuelos, de mis vecinos y de tanta gente canaria que dejaron la ingenuidad de sus infancias entre surcos de papa y de millo, entre yuntas pardas y ganados de jairas rucias, puipanas y moriscas. Me atrevería a añadir que el rígido rebenque de la miseria y del fascismo tenía en Canarias un sabor más amargo que el denunciado por Hernández en su poema. Es cierto que el alicantino, paradigma del niño yuntero, conoció en sus carnes las penurias del campo español, pero no tuvo constancia del ciego dolor de la insularidad. O mejor dicho, de las insularidades: la natural, por la que poco o nada se puede hacer, y la política, impuesta por los sucesivos gobiernos de Madrid, que sí duele de verdad. Y lo más triste, sigue doliendo todavía, porque la herida no ha terminado de curar…

 

Afortunadamente, los progresos que beneficiaron a la nación en el último tercio del siglo XX propiciaron que la imagen de esos niños yunteros haya desaparecido por completo de la faz de esta noble tierra.

 

Hoy miramos con una sonrisa de alivio esas terribles estampas del pasado, y nos congratula habernos librado de ese infierno. Pero desde otros rincones del mundo nos llegan imágenes sobrecogedoras de niños explotados ya no por el fascismo (cuya imagen de NODO en blanco y negro parece darnos la espalda con el ruido de los almanaques), sino por otras fórmulas si cabe peores, como las del capitalismo más salvaje y atroz. Un capitalismo deshumanizado, escondido tras un antifaz de progreso, que nos lleva a visionar imágenes de niños yunteros a través de internet, en televisores con pantalla de plasma o en ordenadores y teléfonos móviles de última generación. Un capitalismo desmedido que ha despertado al milenio con la ronca voz de su egoísmo y que, al amparo de una crisis que parece no terminar nunca, está creando otro tipo de hijos de la miseria.


5.- Para saber más.

 

Te ofrecemos a continuación las fuentes consultadas:

 

-         FERNÁNDEZ PALMERAL, Ramón. Simbología secreta de Viento del Pueblo de Miguel Hernández. ISBN: 978-84-614-1361-1

-        WEB: http://www.miguelhernandezvirtual.com/vida/vida.htm#