Tomás Morales: desde Moya hasta el Olimpo

A través de la vida del gran poeta grancanario, hacemos un repaso por las inquietudes y la estética de la época modernista.


1.- Introducción.

 

Hemos podido saber a través de los diferentes medios de comunicación del archipiélago que el autor elegido este año para el Día de las Letras Canarias es el moyense Tomás Morales. Una elección, sin lugar a dudas, justa y acertada, si nos olvidamos, eso sí, de la polémica suscitada por la inicial y unánime elección del científico lanzaroteño Blas Cabrera Felipe por el Parlamento de Canarias. Una polémica que, por cuestiones de sentido común y de higiene mental, vamos a pasar por alto, no sin reivindicar la indiscutible valía de Blas Cabrera Felipe —uno de los científicos españoles más importantes de la historia que desarrolló su principal actividad en el campo de las propiedades magnéticas de la materia—, que poca culpa tiene el pobre de los desmanes de nuestro glorioso Gobierno de Canarias. Viendo sus lúcidas intervenciones, no nos extrañe que un día decidan dedicar alguna edición de este Día de las Letras Canarias a Alfredo Kraus, a Manolo Millares o a César Manrique.

 

Haciendo un poco de historia, la iniciativa de celebrar el Día de las Letras Canarias deviene de la firme decisión del Gobierno de Canarias de poner en valor el mundo de la creación literaria, en sus diversas vertientes. La fecha del 21 de febrero viene a recordar el fallecimiento de José de Viera y Clavijo (1731-1813), sin duda uno de nuestros creadores más prolíficos, que cultivó la escritura en variadas vertientes, ocupándose de manera singular por desentrañar nuestra historia. Viera y Clavijo condensa, tanto por su trayectoria personal como a través de sus ingentes escritos y estudios, la capacidad de esforzarse para superar adversidades, poniendo gran parte de su empeño intelectual al servicio del desarrollo cultural de Canarias. Y así, al calor de este “ilustrado canario”, el Día de las Letras Canarias tiene como objetivo fundamental reconocer la labor llevada a cabo por los autores canarios, fomentando igualmente a través de esta celebración el hábito de la lectura, mediante actos culturales específicos y la organización de exposiciones, ciclos de conferencias y otras actividades que contribuyan a su promoción, mirando de manera preferente al mundo escolar y a nuestros jóvenes.

 

La primera edición de esta iniciativa del Gobierno de Canarias se lleva a cabo en el año 2005. Hasta el momento, los autores elegidos para la celebración de esta singular fecha han sido: José Viera y Clavijo, Bartolomé Cairasco, Antonio de Viana, Benito Pérez Galdós, Mercedes Pinto y María Rosa Alonso.

 

En el programa de actos de este año —que también reflejaba el perfil cansino de una crisis que, una vez más, sólo existe para ciertas cosas, especialmente las de índole cultural— se contempló la publicación de una edición especial de la obra de Morales y varios actos en todas las islas del archipiélago.


2.- El Modernismo.

 

Hablar de este movimiento en el contexto de España lleva implícita una obligada alusión a la denominada Generación del 98. No ha sido pequeña la polémica suscitada por la necesidad o no de identificar como un solo movimiento los dos fenómenos literarios mencionados. Sin embargo, parece que el paso del tiempo ha macerado el debate con su característico toque de razón y los estructura como el anverso y el reverso de una misma realidad: la necesidad de renovación, tanto personal como socialmente, ante un sistema que se derrumba por el peso inaguantable del tiempo. Esta realidad, patente en todos los movimientos modernistas de Europa y América, aparece en España con el valor añadido de la pérdida de las últimas colonias de Ultramar. Pero, al fin y al cabo, volvemos a lo mismo: una España que se derrumba por la podredumbre de sus estructuras que obliga a los nuevos intelectuales a buscar nuevas formas de pensamiento y de expresión.

 

La búsqueda de esos nuevos caminos dentro de la desesperante situación que vivía nuestro país en aquellas décadas puede llevarse a cabo desde dos vertientes absolutamente antagónicas: el compromiso ineludible con la realidad afectada o la evasión a toda costa. Y aunque hay dignísimos representantes de las dos posturas para dar y regalar, lo cierto es que en ambos grupos se produce un fenómeno similar al del Quijote de Cervantes, es decir, la quijotización de los comprometidos (entendiendo este concepto como la necesidad de evasión, en la recta final de sus vidas, de estos autores comprometidos con la situación de España, al ser conscientes de la imposibilidad de progreso de nuestra nación, o lo que es lo mismo, al saberse perdedores de una guerra imposible de ganar) y la sanchificación de los evadidos (esto es, el acercamiento hacia posturas socialmente más comprometidas por parte de aquellos escritores que ensalzaban la evasión por encima de todas las cosas). Un aspecto que personas de ideas y ocupaciones tan dispares como el escritor anarquista Federico Urales —pseudónimo de Juan Montseny—, el político socialista Luis Araquistáin, el estadista republicano Manuel Azaña, el poeta y premio Nobel Juan Ramón Jiménez, el poeta y miembro de la Generación del 27 Luis Cernuda, el también poeta de la Generación del 27 y catedrático Pedro Salinas, el ensayista e historiador Guillermo Díaz-Plaja o el crítico y estudioso Donald Shaw han advertido con mayor o menor vehemencia.

 

Pero, ¿qué es el movimiento literario modernista? Veamos algunos de sus rasgos más elementales. La palabra “modernismo”, antaño de connotaciones peyorativas, fue asimilada por un grupo de autores de finales del XIX para definir su nueva concepción artística. En efecto, autores exiliados en EEUU como José Martí, se decantan por este término para definir un nuevo concepto del arte que presentará las siguientes características:

 

a) Exquisito tratamiento formal. Sobre todo, este refinamiento lingüístico traerá sus mayores logros a la poesía, que vivirá un período de esplendor jamás visto hasta ese momento. Se investiga en las capacidades rítmicas y musicales de la poesía, palpables en el uso de versos alejandrinos, dodecasílabos o eneasílabos. El soneto vuelve a recuperar el brillo de antaño y, junto a él, se trabajan estrofas como el cuarteto, el romance heroico, la octava real, etc. El interés por la sonoridad les hace buscar palabras inusitadas (neologismos) o hurgar en la tradición para rescatar términos ya olvidados. Muchos críticos han señalado que esta tendencia a menudo trajo como consecuencia cierta rimbombancia.

b) Evasión. El arte se convierte en un recurso para escapar de la triste realidad imperante. Se buscan héroes del pasado, países remotos y exóticos (como China o Japón). Surge en este sentido un interés por la literatura del pasado, especialmente la de la Edad Media o la del Siglo de Oro Español.

c) Exquisitez y sensualidad. Se trata de una poesía que rinde culto y pleitesía a los sentidos. Los nuevos poetas se esmeran en describir situaciones inefables. Para ello se ayudan de una serie de elementos marcados por el exotismo y la exquisitez que conformarán una iconografía muy particular y característica: la flor de lis, el cisne (verdadero icono modernista), las princesas…

 

Tal vez como contrapartida a estas innovaciones, la poesía modernista no analiza con la misma eficacia los contenidos. Los grandes temas poéticos (vida, muerte, Dios, amor, etc.) pasan a un segundo plano, sepultados por un armamento formal tan contundente. Sin embargo, y como ya apuntamos más arriba, se aprecia en la evolución de cada autor un progresivo alejamiento del formalismo para acercarse a posturas más comprometidas con el entorno que les rodea y consigo mismo.

 

La configuración de una nómina modernista, en el contexto de nuestro país, no ha estado exenta de la ya comentada polémica por la existencia de la denominada Generación del 98. Efectivamente, muchos de los autores de esta generación han seguido los criterios modernistas en algún momento de sus vidas.

 

Se habla de un “cuádruple modernismo” (al decir de los catedráticos de la ULPGC Juan Jesús Páez y María del Prado Escobar) que abarcaría Latinoamérica (Rubén Darío), España (Manuel Machado), Cataluña (Joan Maragall) y Canarias (Tomás Morales).

 

Los mejores logros modernistas, sin duda, provienen de Latinoamérica, y más concretamente de Nicaragua, cuna de Rubén Darío. El nicaragüense, con su obra Azul (1888) revoluciona el panorama artístico de la época. En España fue muy admirado y mantuvo estrecho contacto con los intelectuales de la época. Azorín llega a incluirlo en la nómina de la Generación del 98. Azul incluye cuentos y poemas y refleja la nueva estética parnasiana y simbolista de origen francés. En Prosas Profanas, Rubén Darío se afianza definitivamente como poeta modernista. Sin embargo, en su obra Cantos de vida y esperanza (para muchos críticos la mejor) se va acercando a un interiorismo marcado por la decepción y el desaliento que le produce la sociedad de su época. Otros poetas latinoamericanos destacados son: José Martí (Cuba), Vallejo Nájera (México), José Asunción Silva (Colombia) o Leopoldo Lugones (Argentina).

 

En España destacamos en primer lugar a Salvador Rueda, autor de obras como Renglones cortos o Piedras preciosas. Otros poetas modernistas destacados son Manuel Machado y Francisco Villaespesa. Manuel Machado combina la estética modernista con temas de tradición nacional. Obras suyas son: Alma y Cante jondo. Poemas, canciones y coplas compuestos al estilo popular andaluz. Francisco Villaespesa es autor de La copa del rey de Thule. A esta nómina, como antes decíamos, hay que añadir autores de la Generación del 98, que, en algún momento de sus vidas, escribieron obras de concepción modernista. Es el caso de Unamuno o de Valle-Inclán.

Sin embargo, el caso de Antonio Machado o de Juan Ramón Jiménez merece un análisis por separado. Es cierto que ambos siguieron criterios modernistas en sus inicios, pero su poesía fue derivando en otro tipo de resultados. No en vano, estamos hablando de dos poetas españoles de la más alta talla.

 

Antonio Machado comienza siguiendo algunos criterios modernistas pero prontamente se distancia por su marcada y característica tendencia a la sencillez formal. Una sencillez que le dará más juego para la profundidad de conceptos. Como vemos, en Machado se invierte el proceso: los modernistas, demasiado ocupados con sus experimentos formales, descuidad en cierto modo el contenido; por el contrario, a Machado le preocupa más la trascendencia de su mensaje, le preocupa más lo que dice que cómo lo dice. Esto no es óbice para que escriba una poesía de trazo elegante, a pesar de su afán de sencillez. Machado es autor de obras tan importantes como Soledades, galerías y otros poemas y Campos de Castilla, dos verdaderos clásicos en la literatura contemporánea.

 

Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de literatura en 1956, es uno de los casos más característicos de poeta comprometido con su obra. Tradicionalmente su producción se agrupa en tres etapas:

 

a) Época sensitiva. De marcado carácter modernista, aunque también se aprecian ecos de Bécquer. Obras de esta etapa son Rimas, Arias tristes o Platero y yo (uno de sus libros más populares).

b) Época intelectual. Jiménez comienza a apartarse de los supuestos modernistas. Va eliminando de su poesía cualquier elemento superfluo, en un singular proceso de depuración que desemboca en lo que él llamó “poesía pura”. De esta época es su obra Diario de un poeta recién casado.

c) Época suficiente, o lo que es lo mismo, época de afianzamiento definitivo de su “poesía pura”. De esta época son Dios deseado y deseante y Animal de fondo.

 

En algunas regiones de España, el movimiento modernista tuvo una relevancia muy especial. Es el caso de Cataluña, por su privilegiada situación económica con respecto al resto del país. Muchos grandes banqueros y empresarios de la época eran catalanes, y serán auténticos mecenas para muchos artistas. Un caso característico, si no el más, es el del arquitecto Antonio Gaudí. En literatura, destacamos la obra de Joan Maragall.

 

En el archipiélago canario, el Modernismo tuvo una incidencia especial en la isla de Gran Canaria. Artistas relacionados con esta estética son los poetas Domingo Rivero, Tomás Morales, Alonso Quesada, Saulo Torón, Luis Rodríguez Figueroa y Luis Doreste Silva, el prosista Miguel Sarmiento y el pintor Néstor Martín Fernández de la Torre.


3.- Datos biográficos de Tomás Morales.

 

Tomás Morales Castellano nació en una casa de la calle de Los Álamos —actualmente convertida en museo—, en el municipio norteño de Moya el 10 de octubre de 1884. Era hijo de Manuel Morales y de Tomasa Castellano y miembro de una familia de hacendados agricultores. Como pudimos saber a través de una de las clases del emérito maestro ingeniense D. Mario Vega Artiles en su inolvidable colegio de La Goleta (Agüimes) —centro educativo en donde completamos la Educación General Básica allá por 1983—, Tomás Morales era descendiente de Francisco Tomás Morales, célebre militar nacido en Carrizal de Ingenio que llegó a alcanzar el grado de Mariscal de Campo en la guerra de independencia de Venezuela

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En 1892 inicia en el Colegio de San Agustín los estudios primarios que finalizará en 1898. En los dos años siguientes escribe sus primeros versos. Compartió generación con otros poetas grancanarios como Alonso Quesada y Saulo Torón. Coincidió en el colegio de San Agustín con Alonso Quesada y el pintor Néstor Martín Fernández de la Torre. Se traslada a Cádiz en 1900 para cursar los estudios de Medicina. En el periódico El Teléfono (Las Palmas) se publicarán sus primeras poesías (1902-1903). Se marcha a Madrid en 1904 para ampliar estudios en la Facultad de San Carlos. En la capital entabla amistad con el escritor canario Luis Doreste Silva. Este último y el también escritor canario Ángel Guerra lo introducen en la vida madrileña, donde frecuenta los lugares de reunión de los escritores de la época: acude a las tertulias de Francisco Villaespesa, la del café Universal, y la de Carmen de Burgos, "Colombine", directora de la Revista Crítica. Su amistad con "Colombine" le permite darse a conocer entre la intelectualidad madrileña. Posiblemente en esa tertulia llegaría a conocer a Rubén Darío. Entre 1906 y 1908, aproximadamente, el poeta ya mantiene amistad con Fernando Fortún, Enrique Díez Canedo, Francisco Villaespesa, Ramón Gómez de la Serna, etc. En 1907 publica poemas y críticas en la Revista Latina fundada por Villaespesa este mismo año. Tras publicar su primer libro y acabar su carrera, de la que obtendría el título de Doctor al año siguiente, regresa en 1909 definitivamente a Gran Canaria. Es nombrado médico titular en Agaete en 1911 y permanece allí hasta 1919 cuando se traslada como médico a Las Palmas. Recibe en 1920 varios homenajes por la publicación del libro II de Las Rosas de Hércules. Planea por esta época la edición de la primera parte de su obra. En 1921 es elegido Vicepresidente del Cabildo insular de Gran Canaria. Su carrera política, no obstante, duraría poco, pues fallece en el 15 de agosto de ese mismo año en su casa de la calle Pérez Galdós de la capital grancanaria. No pudo ver realizado su sueño de publicar completas Las Rosas de Hércules. Su prematura muerte tuvo lugar tras recibir el laurel del Ateneo de Madrid.


4.- La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y el Modernismo.

 

Los grandes cambios que sufre la fisonomía de la capital grancanaria entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX, auspiciados sobre todo por la construcción del Puerto de la Luz, van a traer consigo una generación de intelectuales encargada de ensalzarlos. El modo de vida eminentemente rural característico de las islas, que propició no pocas evocaciones bucólicas, se va a ver bruscamente sacudido por los movimientos trepidantes del capitalismo y de la modernidad. Esta nueva manera de vivir, proveniente como era de esperar de los países más desarrollados del mundo, trajo consigo conceptos como los de industrialización, avance tecnológico, crecimiento urbano, nuevos medios de comunicación, surgimiento de superpotencias, mercado capitalista, y un largo etcétera. Conceptos con los que hemos aprendido a convivir y a desarrollar ciertas pautas de tolerancia en este último siglo, pero que en aquel entonces supusieron un impacto de dimensiones desconocidas en un archipiélago que todavía recibía trato colonial desde Madrid.

 

A esta tormenta de cambios se une la emancipación de las últimas colonias españolas, que otorgan a Latinoamérica un protagonismo inusitado. Los estrechos vínculos que mantenían los países americanos —especialmente Cuba— con Canarias obligan a la población isleña a redefinir su circunstancia existencial y a emanciparse culturalmente de España.

 

Unos cambios tan profundos no podían pasar inadvertidos a los ojos intelectuales de la época. El escritor canario de esos años se convertirá, de manera consciente o inconsciente, en testigo ocular de aquella sociedad que se retorcía convulsamente en la frontera de los siglos XIX y XX.

 

La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se presenta ante el poeta Tomás Morales como una “bacante enardecida” (entendiendo este sintagma como una derivación de Baco, dios del vino y de los excesos carnales) ataviada con prendas características de una modernidad lujosa y emergente: calles, tranvías, comercios, bancos, máquinas, letreros… El despegue industrial y económico, propiciado en gran medida por los británicos, convertirá a Las Palmas en una ciudad al estilo de las grandes urbes europeas y norteamericanas. Por el contrario, otras ciudades importantes de Canarias como La Laguna o Santa Cruz de Tenerife —que años atrás acapararan de manera casi exclusiva otros movimientos culturales como la Ilustración o el Romanticismo— no vivieron tan intensamente esos cambios. Visto de esta manera, es muy sencillo deducir que el Modernismo tuvo un testimonio presencial especialmente grancanario.

 

Morales, siguiendo la senda del francés Baudelaire, retrata los paisajes urbanos y humanos de la ciudad con un espíritu por momentos entusiasta y por momentos crítico. En efecto, detrás del espectacular telón de modernidad se siguen presentando, tal vez ahora con mayor crudeza, todas las miserias humanas, a las que, cómo no, el gran poeta de Moya presta atención.

 

En definitiva, todos estos agentes son rastreables en la poética de Morales y también en la de los otros modernistas canarios, aunque desde perspectivas distintas. Tomás Morales, como anticipábamos, intentará superar la incertidumbre por la vía erótica, espacial y poética. Alonso Quesada, escritor de verso amargo y desengañado, lo hará desde la crítica y la ironía. Saulo Torón, melancólico, desde la íntima cotidianeidad. Y Domingo Rivero, pesimista existencial, encontrará la disgregación temporal en ese escondite de lo incierto…


5.- La importancia de la poesía de Tomás Morales en la actualidad.

 

En no pocas ocasiones hemos oído hablar de la poca consideración que la crítica literaria española ha tenido tradicionalmente con Tomás Morales, merecedor de un puesto más alto en el Olimpo, tal vez sentado a la derecha de Rubén Darío padre todopoderoso. No vamos a entrar en esa cuestión porque resultaría fútil en todos los sentidos. La importancia del moyense en el panorama de la poesía contemporánea es una realidad incuestionable.

 

Recuerdo que hace años me decía un buen amigo, destacado luchador de la pila inagotable del Maninidra de Ingenio, que si la lucha canaria fuera el deporte vernáculo de Cataluña, hoy sin duda sería deporte olímpico. Aplicando su magistral símil, si Tomás Morales hubiera nacido en Madrid o en Barcelona, hoy estaría en el lugar que realmente se merece. ¿Problema del autor? ¿Problema de los lectores? ¿Problema de la crítica? ¿Un problema político tal vez?

 

Problema del autor no creemos, porque su pericia técnica y la calidad de su obra, como dijimos, quedan fuera de toda duda. Problema de los lectores tampoco, porque sigue tan vivo como entonces, o si acaso más. Problema de la crítica, creemos que tampoco, puesto que, si bien fueron un poco reticentes al principio, hoy ningún sesudo experto se atrevería a olvidar a Tomás Morales. Entonces, ¿dónde está el problema? Creemos que en la importancia que un gobierno dé o quite a sus principales artistas. El pueblo canario siempre adoró a Morales. Decía Pedro Lezcano que había conocido marineros y labradores que recitaban de memoria fragmentos de Tomás. Esto, añade el autor del Poema de la Maleta, es vigencia, vigencia viva, envidiable vigencia a la que tantos poetas aspiran. Sin embargo, han sido los sucesivos gobiernos de Madrid y de este archipiélago los que sistemáticamente lo han ignorado a través de unos planes de cultura y de educación poco reivindicativos por la poca ambición que contienen. Esperemos que la elección de Tomás Morales en esta edición del Día de las Letras Canarias sirva para reivindicar su importancia en el mundo, en España y en su propia tierra —cuestión esta última que por ser la más difícil es también la más importante—.

 

¿Por qué es tan importante Tomás Morales? Es una pregunta a todas luces muy difícil de responder, sobre todo cuando hablamos de una época en la que había muchos poetas de una exquisitez técnica envidiable. En líneas generales, el de Moya se queda muy por encima de los grandes representantes modernistas de la península. Salvador Rueda pereció ahogado en la vulgaridad, en la superficialidad y en el filosofismo prosaico. Francisco Villaespesa fue olvidado rápidamente porque su poesía rezumaba un orientalismo exagerado y cansino. A Manuel Machado le tocó la desgracia —o la suerte, según se mire— de tener un hermano demasiado brillante. Aún así, su poesía es más recordada por la introducción de matices andalucistas que por su calidad técnica. Nos quedan los tres gigantes del momento: Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Si a esto le añadimos que Jiménez y Machado pronto se descolgaron de las tesis modernistas para adentrarse en poéticas de corte más intimista y personal, sólo nos quedaría el excelso nicaragüense. Aplicados todos los descartes, podemos decir ahora que Tomás Morales ha sido el mejor representante español del Modernismo. Las razones que podemos esgrimir para justificar esta conclusión son muchas, pero, para no ser pesados, vamos a exponer sólo algunas.

 

El catedrático y escritor Eugenio Padorno señala dos aspectos esenciales en la poesía de Morales: en primer lugar, su fundamento en la oralidad y, en segundo lugar, la elevación de esa oralidad a la melódica rotundidad sinfónica, rasgo por el que el poeta consolida la antonomasia de cantor del Atlántico. Añade Padorno que en el espectrograma de su voz, el tono —la altura musical— y la intensidad —la fuerza espiratoria— que requieren su ideal perceptibilidad, debieron superar, con mucho, los del enunciado de la comunicación convencional, en contraposición a la manera de componer de Alonso Quesada, Saulo Torón o Domingo Rivero, que, con excepciones, lo hacen musitando, sin el cálculo previo de los efectos de la declamación.

 

Tomamos como punto de arranque estas reflexiones del eminente profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria para reivindicar un aspecto que, en estos malos tiempos que vive la lírica, debería ser esencial, casi imprescindible, para su recuperación. No cabe duda de que el amplio abanico de soportes con el que contamos en la actualidad, unido al cambio de mentalidad de los lectores —que han adoptado un perfil más pasivo— han hecho que el consumo de libros de poesía haya caído en picado. A esto hay que añadir el gobierno casi dictatorial de la narrativa, en gran medida alentado por los suculentos premios que ofrecen las editoriales más poderosas y por su gran aliado, el cine.

 

¿Qué fórmulas deben adoptar los poetas en este siglo XXI? Ante esa caída libre que hemos mencionado, en gran parte debida a la obsesión de perpetuar los logros de las vanguardias de principios del XX, se hace necesaria una profunda revisión del género, encauzada forzosamente por los márgenes del eclecticismo. Lo que muchos artistas conciben como vanguardia no es más que una reminiscencia de algo que hoy suena a lo contrario. No olvidemos que esos movimientos surgen en una época retratada en blanco y negro, donde los barcos y los trenes funcionaban con carbón y los automóviles apenas rebasaban los cincuenta kilómetros por hora. No cabe duda de que en aquella época fueron algo extraordinario, pero ahora, cuando sale a la luz un adelanto tecnológico cada cinco minutos, es necesario medir el arte con otro rasante. Y no hace falta volverse muy locos. Muchos de esos conceptos ya están inventados desde hace muchísimo tiempo. Tan sólo falta analizarlos y aplicarlos correctamente al contexto de una sociedad que, ahíta de tanta tecnología y superficialidad, necesita urgentemente contenidos con substancia. En una palabra, que si Marinetti se hubiera salido con la suya, estaríamos ahora cagándonos en su madre, con todos los respetos para los fabricantes de automóviles que, cierto es, a veces fabrican verdaderas obras de arte. Pero donde haya una Victoria de Samotracia, que se quiten todos los Ferrari, los Porsche, los Mercedes y los BMW del mundo.

 

La poesía desde siempre ha tenido su razón de ser en el timbre sonoro y cautivador de las palabras, en la emotividad de los versos, en la música de su ritmo y de sus rimas. Muchos de los experimentos vanguardistas asfixiaron a la poesía con piruetas innecesarias. La verdadera poesía comenzó a languidecer cuando el verso libre sacó su tupé de modernidad para chulear las composiciones y obligarlas a prostituirse en las calles oscuras y apestosas del absurdo.

 

Poesía es voz y entonación, poesía es música y melodía, poesía es ritmo y rima, poesía es emoción y estremecimiento, aunque algunos desaprensivos sigan creyendo entre risas que esto suene a romanticismo rosa y amanerado. Sus obtusas mentes no les permiten averiguar que el problema, en contra de lo que creen, no está en la forma sino en el contenido —que es lo verdaderamente susceptible al paso del tiempo—.

 

La poesía, antaño principal vehículo comunicador de los pueblos, hoy se encuentra presa en cárceles de papel y en galimatías de reverberación intelectualoide. Paradojas de la vida, el único lugar en donde la poesía sigue teniendo buena salud es en los ambientes más humildes y menos cultivados, porque, fíjense ustedes, está basada exclusivamente en la oralidad. En los campos todavía quedan muchos ancianos que emocionados nos cantan romances que tienen reminiscencias medievales o nos improvisan puntos cubanos de sabor picante o con magistrales reflexiones filosóficas de la vida. En los arrabales de las grandes ciudades —mejor definidos con el geométrico vocablo “polígono”—, los gallos de pelea raperos sacan toda su inventiva y su descaro en unas composiciones que hacen las delicias de los más jóvenes. Una vez más, como una nueva cura de humildad, las manifestaciones artísticas populares tienen que volver a convertirse en materia de inspiración de los grandes artistas. Y si no, pregunten a gente como Federico García Lorca, Gustavo Adolfo Bécquer, Francisco Quevedo, Jorge Manrique o Gonzalo de Berceo para que vean lo que le cuentan.

 

Sin dejarnos llevar por extremismos, la postura más sensata estará en quedarnos con los aciertos y desechar los errores. Si las vanguardias aportaron un nuevo lenguaje, no hay razón para descartarlas. Si la tradición nos ha dado un montón de claves para encauzar nuestra inspiración, tampoco hay que rechazarla. Si el Modernismo nos trajo nuevos recursos formales y una visión más sensual y exquisita de la vida, ¿por qué olvidarlo? En una palabra, en este nuevo milenio que con tan mal pie ha comenzado, les toca a sus artistas conducir sus sentimientos e inquietudes a través de la senda de la recapitulación. Y en ese ejercicio de sincretismo, no vendría mal tener en cuenta los logros alcanzados por Tomás Morales, que no fueron pocos.

 

Quedémonos, como colofón final, con los célebres versos que dedicara al puerto de Las Palmas de Gran Canaria:

 

Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico,
con sus faroles rojos en la noche calina
y el disco de la luna bajo el azul romántico
rielando en la movible serenidad marina.


Silencio en los muelles en la paz bochornosa,
lento compás de remos, en el confín perdido
y el leve chapoteo del agua verdinosa
lamiendo los sillares del malecón dormido.


Fingen en la penumbra fosfóricos trenzados
las mortecinas luces de los barcos anclados
mirando entre las ondas muertes de la bahía.


Y de pronto, rasgando la calma, sosegado,
un cantar marinero, monótono y cansado,
vierte en la noche el dejo de su melancolía.


6.- Referencias bibliográficas.

 

-         CERNUDA, Luis. Estudios sobre poesía española contemporánea. Editorial Guadarrama. Madrid, 1975.

-         SALINAS, Pedro. Literatura Española del siglo XX. Editorial Alianza. Madrid, 1970.

-         SHAW, Donald. La Generación del 98. Editorial Cátedra. Madrid, 1985.

-         V.V.A.A. Lengua y Literatura. Educación Secundaria de Adultos. Colección Eduforma. Editorial Mad. Sevilla, 1999.

-         V.V.A.A. Literatura Española. Colección Manuales de Acceso. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2006.

-         V.V.A.A. “Sobre el sonoro Atlántico. Tomás Morales. Letras Canarias 2011”. Consejería de Cultura del Gobierno de Canarias.

-         WEB: http://es.wikipedia.org/wiki/Tom%C3%A1s_Morales_Castellano